TE VEO

        Una mujer camina por una céntrica calle de una ciudad. 

Camina rápido; es obvio que tiene prisa. Mira el reloj, comprueba que llega tarde y acelera el paso. Se la ve cansada, casi exhausta por tener que llegar a tiempo a demasiadas cosas a lo largo del día. Lleva varias preocupaciones a cuestas. La calle por la que camina está atestada de gente. Gente que, al igual que ella, camina con prisa, tratando también de llegar a tiempo a sus propias vidas y cargando con sus propias preocupaciones. En la calle también hay gente que camina sin prisa; gente que pasea, turistas que han venido a ver la ciudad de un modo muy distinto a como la ve la gente que camina con prisa. En un trayecto no demasiado largo la mujer se cruza con cientos de personas diferentes de toda edad, orden y condición. 

Para la mujer solo es gente. 

A unos metros, entre la multitud, un hombre camina hacia ella; también parece llevar prisa. Sus miradas se encuentran, ambos se reconocen. Instintivamente levantan las cejas y sonríen en señal de alegría. Es la alegría que sientes cuando te encuentras con alguien a quien aprecias y quieres. Por un instante, la prisa, el cansancio y las preocupaciones se diluyen y, mientras dura ese instante, el día se vuelve un poco mejor. Los dos se detienen uno frente al otro como formando una pequeña isla en mitad del río de personas que fluye por la calle. Ninguno de los dos ha pronunciado aún palabra alguna y, sin embargo, ya se han dicho algo muy importante. Ambos se han dicho: entre toda esta marea de gente, tú para mí eres diferente. 

Entre toda esta multitud, yo te veo.

Es esa maravillosa sensación de sentirse reconocido, de sentirse visto. Es algo inherente al ser humano. Todos necesitamos, en mayor o en menor medida, sentir ese reconocimiento por parte del otro. No se trata solo de sentirnos queridos, cosa que también es importante. Pero alguien te puede querer solo por lo que muestras, o bien por lo que le das y le funciona de ti a esa persona, y no tanto quererte por lo que eres y por quien eres. El querer, a veces, puede ser tan solo una promesa de intercambio: te doy para que me des. Tampoco se trata de estar buscando la validación constante del otro, porque entonces estaríamos entrando en el peligroso terreno de la necesidad. Se trata de sentirse visto tal y como eres, y ahí sí sentirse querido. Solo cuando nos ven en nuestra plenitud y nos aceptan tal cual somos es cuando se nos puede empezar a querer bien y cuando podemos dejarnos querer bien.

Sentirse visto es sentir que la otra persona te acepta en todas tus versiones, incluso en las peores. Saber ver al otro significa entender lo que el otro necesita  aunque no lo compartas ni lo entiendas. A veces un pequeño gesto es suficiente; algo tan sencillo como prepararle a alguien su plato favorito solo para alegrarle un poco un día difícil; dar un abrazo que no te  han pedido pero que sabes que reconforta; decir que hoy tu te encargas de todo para que descanse porque sabes que ha tenido una semana dura; o simplemente dar espacio y dejar sola a esa persona durante un tiempo porque necesita estar con ella misma. 

Porque sí, a veces alejarse es la mejor forma de amar a alguien.

Gestos como esos no solo nos indican que nos quieren, indican, además, que nos ven. 

Para mí, una de las mejores formas de ver a la otra persona es buscarle. Y esto vale para todo tipo de relaciones. Que alguien te busque sin que tu se lo pidas siempre me ha parecido uno de los mejores actos de amor posibles. Que te busquen a la salida del trabajo sin que lo esperes; que te vengan a esperar a la llegada de un vuelo en el aeropuerto. Cuando alguien comparte contigo por chat una noticia, una foto, un video, un artículo porque, por alguna razón, eso le ha recordado a ti. Cuando alguien te dice: Esto es muy tú. Cuando alguien te comparte una canción porque al escucharla tú le has venido a la mente. A veces  basta con un mensaje solo sea para decir: Hola, ¿cómo va tu día? 

Son formas de buscar a la otra persona. 

Son formas de decir: te veo. 

Entre la multitud, la mujer y el hombre se han encontrado inesperadamente. El resto de la gente sigue siendo solo gente que va y que viene. Ellos en cambio se han detenido a saludarse y, junto con ellos, el tiempo también parece haberse detenido por un instante. Un paréntesis breve dentro de un día largo en el que ambos se han alegrado de verse. 

        Y eso no está mal para un Jueves.  

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